El olvido que seremos

Ganadora del Goya a la Mejor Película Iberoamericana -donde competía con “El agente topo”- y actualmente nominada a 11 Premios Platino incluyendo Mejor Película y Mejor Director, esta producción colombiana es el más reciente filme del reconocido cineasta español Fernando Trueba.

A través de 16 largometrajes a lo largo de 40 años, Fernando Trueba ha desarrollado una carrera que lo ha posicionado entre los directores más reconocidos del español. Especialmente cómodo en la comedia, también ha incursionado en el musical, e incluso en el cine de animación con “Chico y Rita” (2010), nominada al Oscar, estatuilla que obtuvo en 1994, en la categoría Mejor Película Extranjera, con la exitosa “Belle époque”. Ese es sin duda el mayor triunfo internacional de una trayectoria que ha sido particularmente distinguida en su país con los premios Goya, en los que el cineasta ha ganado tres veces Mejor Película (con “El sueño del mono loco”, “Belle époque” y “La niña de tus ojos”) y dos veces Mejor Director. Pero también con distintos títulos ha recibido los trofeos de Mejor Guion Original, Mejor Guion Adaptado, Mejor Documental y Mejor Película de Animación, a los que este año agregó Mejor Película Iberoamericana (donde competía la chilena El agente topo), con “El olvido que seremos”, producción colombiana que un año después de su estreno mundial en ese país y su posterior exhibición en el Festival de San Sebastián, ahora está disponible en Netflix.

Basado en la novela homónima y autobiográfica del escritor y periodista colombiano Héctor Abad Faciolince, publicada en 2005, el filme es actualmente uno de los más nominados a los Premios Platino que se entregan la próxima semana, con 11 candidaturas, incluyendo Mejor Película y Mejor Director. Trueba asumió nuevamente el desafío de filmar en un país latinoamericano y una realidad muy distinta a la suya, algo que ya hizo en 2009 cuando realizó en Chile “El baile de la Victoria”, también adaptando una novela, en ese caso el libro del mismo nombre de Antonio Skármeta. Pero, en esa ocasión se trataba de un equipo más mixto, con producción mayormente española y con su variado elenco chileno encabezado por dos protagonistas argentinos y una hispana. Ahora, estamos ante un proyecto casi completamente colombiano, aunque además de los hermanos Trueba la representación española está representada también por su protagonista, Javier Cámara, en su segunda colaboración con el cineasta tras “La reina de España” (2016), la secuela de “La niña de tus ojos”.

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Dos tiempos para contar una historia

Cámara encarna aquí al doctor Héctor Abad Gómez, un médico y profesor cuya férrea cruzada por impulsar cambios en la salud pública colombiana le acarreó partidarios y detractores en la Medellín de los años 70 y 80, época en la que comenzaron a surgir los problemas y conflictos que desembocarían en la violencia de los años siguientes. Intentando dividir sus tiempos entre sacrificarse por los problemas de la gente y cultivar la estrecha y cariñosa relación con su familia, Abad es retratado por su hijo como un hombre bondadoso, afectuoso y generoso.

“El olvido que seremos” parte en el Turín de 1983 con escenas de la recordada versión de “Caracortada” de Brian de Palma, que el joven Abad Faciolince está viendo en un junto a su novia, también colombiana y a la que conoció mientras ambos estudian en la universidad de esa ciudad italiana. En un llamado que recibe esa noche desde Colombia le cuentan que le realizarán un homenaje público a su padre, quien ha sido obligado a jubilar, en buena medida como decisión política acusado de difundir ideas marxistas. Esto llevará al hijo a regresar a Medellín y reencontrarse con su familia.

Todo ese inicio es en un cuidado blanco y negro, pero una vez que Héctor Joaquín, conocido familiarmente como «Quiquín», llegue al acto de desagravio a su padre, sus recuerdos se tomarán la trama, que se traslada a 1971 y pasa a ser en colores. Y así será durante la mitad de la película, que se concentra en retratar la cotidianeidad de esta familia con seis hijos, de los cuales el único hombre es «Quiquín», en esos momentos de 12 años y a quien las hermanas medio en serio medio en broma suelen acusar de que está muy mimado por su padre y que le falta más mano dura.  

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La cotidianeidad de una familia

Estaremos así ante un logrado retrato de época, en el que se lucen en lo visual la fotografía de Sergio Iván Castaño y el diseño de producción de Diego López. También, está teñido por el cariño y cierto tono nostálgico de la mirada del adolescente, quien nos muestra la realidad de esa particular familia a partir de pequeños detalles, como la influencia de la monja Josefa, que vive con ellos y trata de inculcar lo religioso a los más pequeños, a pesar de que el doctor Abad no reza ni va a misa, y en realidad es algo más apoyado por la madre, Cecilia, quien es sobrina del arzobispo de Medellín.

Es una familia donde los afectos están muy presentes, donde se comparten buenos ratos, como cuando las hijas cantan clásicos de esos años como «Ruby Tuesday» de los Rolling Stones o «You’ve got a friend» de Carole King y el padre demuestra una personalidad sensible y cálida: les lee a los hijos «El ruiseñor y la rosa» de Oscar Wilde, se emociona en el viendo un clásico como “Muerte en Venecia” de Visconti y quiere que su hijo lea poemas de Neruda y Machado. Pero, aunque su realidad es bastante más acomodada que el promedio de los ciudadanos de Medellín, también está permanentemente pendiente de las causas sociales desde su trabajo como médico. En un discurso durante el homenaje de 1983, se dirá que fue «el primero que habló de salud pública en este país», criticando la evidente desigualdad que se manifiesta en el hambre y la mala calidad del agua en los sectores más necesitados, como se ve en algunas escenas. 

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Una realidad que se complejiza

El centro del relato es la muy cercana y cariñosa relación entre Héctor padre e hijo, en un entorno mayormente amable, aunque de a poco la realidad se va haciendo más compleja, como cuando empiezan las bombas en la calle o algunos problemas que van apareciendo en la familia. En la mitad del metraje, cuando regresemos a 1983 y al blanco y negro, el tono se irá modificando irreversiblemente por los acontecimientos. Aunque tal vez se extiende demasiado en episodios y anécdotas, es la primera mitad la que emparenta a este filme con otras producciones que muestran el paso de la infancia a la adolescencia y madurez, con los aprendizajes y dolores que conlleva; hay ternura, encanto y sensibilidad en esa primera parte, como subraya la banda sonora del reconocido compositor polaco Zbigniew Preisner, recordado especialmente con sus partituras para el maestro Krzysztof Kieslowski. Acá destaca la fluidez con que se mueve la cámara y cómo se desplazan los personajes, dándole vida y credibilidad a la trama.

Aporta mucho en este sentido el elenco, encabezado con ese siempre excelente actor que es Javier Cámara, que a lo largo de su trayectoria nos ha acostumbrado a potentes personajes protagónicos o secundarios, desde su Benigno en “Hable con ella” de Almodóvar hasta su participación en series internacionales como Narcos, The Young Pope y su continuación, The New Pope. Acá, interpretando al doctor Abad -por el cual está nominado a Mejor Actor en los Premios Platino, compitiendo entre otros con Alfredo Castro por “Tengo miedo torero”- con un aceptable acento «paisa», compone un individuo humanista, entrañable y fiel a sus principios, aunque esto le implique diferencias con su propia familia. El resto del muy sólido y convincente reparto, que también incluye interpretando a su hijo ya adulto a uno de los actores colombianos del momento, Juan Pablo Urrego -quien actúa junto a Tilda Swinton en “Memoria” de Apichatpong Weerasethakul, elogiada este año en su estreno mundial en el Festival de Cannes- está compuesto en su mayoría por actores locales con más trayectoria televisiva que cinematográfica. Una de las hijas está a cargo de Elizabeth Minotta, quien en 2017 protagonizó en Chile la telenovela “La colombiana”, de TVN y en un breve papel figura el reconocido realizador independiente estadounidense Whit Stillman (Metropolitan, Amor y amistad).

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A pesar de sus logros, a los que se puede agregar también la labor de la montajista Marta Velasco -colaboradora habitual de Trueba en la última década, además de editar todos los largometrajes del hijo de éste, Jonás-, quien ayuda a que “El olvido que seremos” tenga un ritmo y cadencia permanente y que no decaiga a pesar de sus dos horas y cuarto de duración, el resultado final no sobresale del todo. Por un lado, quizás porque en lo formal se siente como algo académico, un poco plano e incluso afectado o porque, aunque hay muchas emociones de por medio y personajes con potencial, no profundiza demasiado y se queda más en las superficies, incluso en lo que respecta al mismo protagonista, del que sin duda percibimos su relevancia social y humana, pero no terminamos de dimensionar por completo. De todos modos, hay que reconocer que si bien hay momentos o escenas que podrían rozar lo edulcorado, Trueba sabe evitar los excesos melodramáticos. Y aunque es ineludible que en la segunda parte el espectador se pueda conmover, en esta mirada a tiempos difíciles prevalecen la mesura, la corrección y contención. Tal vez en ese control residen tanto las fortalezas como las debilidades del filme.

Título Original: El olvido que seremos
Director: Fernando Trueba
País: Colombia
Año: 2020
Género: Drama, historia
Duración: 136 minutos
Con: Javier Cámara, Nicolás Reyes Cano, Juan Pablo Urrego, Patricia Tamayo, María Tereza Barreto, Laura Londoño, Elizabeth Minotta, Kami Zea,  Luciana Echeverry, Luz Myriam Guarin, Aída Morales
Guión: David Trueba
Música: Zbigniew Preisner
Producción: Dago García
Fecha de Estreno: 22 de septiembre de 2021
Plataforma: Netflix

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