Review de Diarios del Covid, NYC y El Ultimo Crucero

Dos recientes documentales de HBO entregan testimonios de primera mano sobre el flagelo del coronavirus en distintos puntos cardinales: en Nueva York y a bordo del crucero Diamond Princess.

Es difícil sorprenderse con un nuevo testimonio audiovisual sobre los estragos del Covid-19 cuando ya ha transcurrido un año y dos meses desde que la OMS declaró estado de pandemia. Reportajes televisivos, contenidos en internet y la experiencia de cada cual han hecho que en rigor seamos actores secundarios o principales de un guion trágico, dramático o porfiadamente optimista dependiendo de nuestra naturaleza. Esta producción de DCTV Youth Media (una organización comunitaria neoyorquina que enseña gratis a jóvenes cineastas) logra precisamente que podamos estremecernos una vez más con lo que pasa allá afuera.

Se trata de cinco micro-documentales registrados por muchachos y muchachas que difícilmente sobrepasan los 20 años, en gran mayoría afroamericanos o latinos, ganándose la vida como pueden o contemplando como sus mayores lo hacen. De cierta manera esta producción es lo opuesto a la realidad que mostraban algunos de los cortos de “Hecho en Casa”, la película de famosos cineastas en tiempos de emitida el año pasado en Netflix.

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Varios de ellos están filmados enteramente en y los que no, son algo así como una apuesta entre el móvil y cámara. Sus duraciones son variables, pero ninguno sobrepasa los 20 minutos, dependiendo de las circunstancias de la situación. El primero es “La Unica Manera de Vivir en Manhattan” y es de Marcial Pilataxi, un chico empleado en un servicio de y que habita un departamento de un edificio en Nueva York junto a su abuela. En las calles filma los primeros días de la ciudad en cuarentena y en su hogar la rutina fatigosa de su abuela (y de él) como los encargados de la basura y del aseo.

Luego viene “Mi pánico al Covid”, de Aracelie Colón, tal vez el más “optimista” del lote. El papá de Aracelie trabaja en el servicio postal y sus armas son su bicicleta, su casco y su mascarilla. La muchacha vive con la madre en casa y está algo complicada por su salud desde que se le diagnosticaron algunos desórdenes de conducta.

“Cuando mi padre tuvo Covid”, de Camille Dianand, no dura más de diez minutos y no es necesario: lo que cuenta es brutal y es mejor verlo en dosis cortas. El padre realiza el mantenimiento del metro de Nueva York y teme contagiarse hasta que un día pasa lo que el título ya explica.

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Escape de Nueva York

El único corto realizado sobre una familia no perteneciente a una minoría es “Nueva York sin salida”, de Shane Fleming. Vive en un departamento cuya hipoteca parece infinita y que pertenece al grupo de inversiones Blackstone (por lo demás, objeto de informes negativos y críticos de la ONU). Sus dos padres quedan desempleados en medio de la crisis y sin más alternativas a la mano deciden arrancar de la urbe hacia el Medio Oeste.

“Diarios del Covid, NYC” concluye con “Familia en Primera Línea”, el más extenso de sus cortos, realizado por Arlet Guallpa. Desde las cinco de la mañana su cámara está despierta para registrar a su padre, quien visiblemente somnoliento apenas puede con su cuerpo tras acostarse pocas horas antes. Este segmento está hablado casi enteramente en español (los padres de Arlet recuerdan en algún momento como llegaron ilegales a EE.UU.) y reconstruye la jornada de Carlos Guallpa, quien maneja un bus en la ciudad y a pesar de sus cuidados ante el contagio es poco lo que puede hacer ante pasajeros indolentes y sin mascarillas.

Arlet también registra las protestas tras el asesinato de George Floyd, dando cuenta que esta se extendió desde los días de marzo y abril, cuando recién empezaba la pandemia, hasta mayo, cuando ya Estados Unidos era una olla hirviendo de injusticias y disturbios.

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Miedo y pánico en el barco

Dirigido por la documentalista Hannah Olson, “El Útimo Crucero” también recurre al registro personal, aunque esta vez hay filmaciones hechas después de los acontecimientos a modo de contraste y corolario. Lo que se nos muestra es de cierta forma la realidad anticipada y más cruel del escenario que en los próximos meses viviría el planeta: un grupo de 3.700 personas, entre pasajeros y tripulación, queda a merced de una cuarentena en el crucero Diamond Princess frente a las costas de Yokohama (Japón) en febrero del 2020.

Un cantidad no menor de los pasajeros grabó los días de miseria (y de festejo, antes de la cuarentena, claro) a bordo del barco de lujo británico varado en los mares nipones. Todo partió con un turista de Hong Kong que estuvo brevemente en el buque y que una vez en tierra firme dio positivo en el test de control.

Durante algunos momentos vemos imágenes de turistas felices, inmersos en pantagruélicas comilonas nocturnas o bailes por doquier, turisteando en Japón, Hong Kong o China, invadidos por las bondades de este tipo de ofertas turísticas. Es sólo un preámbulo algo sádico de lo que sabemos ya vendrá. El 1 de febrero 10 pasajeros entregan resultados positivos de coronavirus y tres días más tarde las autoridades japonesas deciden poner el barco bajo cuarentena.

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Los registros muestran diversas realidades y distintos ánimos, desde una pareja de estadounidenses de edad media que parecen nunca bajar la guardia de la sonrisa y la energía (casi sospechosamente) hasta otro matrimonio de la misma nacionalidad que ponto es separado cuando la esposa también cae enferma y es trasladada a un hospital local.

Lo que hasta hace unos días era la tierra de los excesos y la diversión se convierte en una cárcel con atención deficiente, meriendas recalentadas y encierros sin fin. Lo peor de todo es que tal como alguna vez hemos visto en las películas sobre el Titanic, aquí hay dos realidades: si alguien que la pasa mal es porque otro lo pasa aún peor. Los registros de los pasajeros, que después de todo reciben atención médica y cuidados de las autoridades japonesas, son mucho más benevolentes que las grabaciones de la tripulación, condenada al olvido y el contagio más alarmante.

De esta manera y quizás sin proponérselo, “El Último Crucero” se transforma en un inesperado retablo de la división de clases, con turistas privilegiados y ciudadanos de segunda clase.