Viajamos al inframundo y tuvimos la suerte de ver los ocho episodios antes de su estreno oficial. Nos adentramos en los pasillos malditos de El Palacio del Este, la gran apuesta de terror y fantasía oscura de Netflix. Si tuviéramos que resumir esta serie en una sola frase, prepárense: imaginen un Constantine coreano en plena era Joseon. Así de brutal es la energía de la serie.
Con un guión muy dinámico, la trama nos presenta al Rey, un monarca calculador interpretado por Cho Seung-woo. Quien recluta en secreto a dos personajes fascinantes, para descubrir por qué su descendencia masculina está siendo aniquilada por enfermedades raras que resultan ser, en realidad, ataques demoníacos.
Por un lado tenemos a Saeng-gang —interpretada por Roh Yoon-seo—, una dama de la corte con la habilidad de ver y escuchar a los muertos. Por el otro, a Gu-cheon —el mismísimo Nam Joo-hyuk—, nuestro Constantine coreano: un guerrero arrogante, cínico y letal que viaja entre el mundo de los vivos y los muertos. Y que decidió aislarse en un monasterio para evitar hacer exactamente aquello a lo que lo convoca su rey, cazar demonios con su espada improvisada. El es obligado a recibir la ayuda de esta joven cortesana, quien terminará convirtiéndose en su interés romántico. A pesar de cometer errores como cualquier mortal que no sabe lo que es el inframundo. Ella se las arregla para reivindicar su valentía y demostrar que tiene un corazón puro.
Esa dinámica de opuestos no es casualidad. Gu-cheon carga con el agotamiento de toda una vida viendo y combatiendo espíritus en el Mundo de los Gwi. Mientras que Saeng-gang lleva la carga de oír sus lamentos, un don que la marcó y la aisló desde niña. En términos casi elementales, a pesar de sus diferencias logran complementarse formando una energía de fortaleza conjunta.
Un ocultismo coreano que no cae en clichés
Pero lo que realmente eleva a esta producción, es cómo se maneja el ocultismo coreano antiguo. Aquí no vemos fantasmas comunes ni demonios de ojos rojos y dientes afilados. Sino una jerarquía del inframundo brillante por su estética, algo así como la versión malvada de la familia de Groot, porque su origen está en la naturaleza misma. En el escalón más trágico de estas criaturas tenemos a los Won-gwi, almas en pena llenas de resentimiento por crímenes cometidos en el palacio. Pero el peligro real viene de los Gwi, demonios puros y despiadados que corrompen todo lo que tocan.
El diseño de estas criaturas es uno de los puntos más altos de la serie: ningún espíritu se parece a otro, y la mezcla de maquillaje y efectos especiales construye un imaginario que resulta perturbador sin perder elegancia visual.
Ojo aquí, porque el guión hace algo brillante con el antagonista principal. No es un demonio cualquiera: es un villano de origen humano cuyo odio y rencor absoluto lo terminan mutando en lo que describiríamos como un cuasi-Gwi. Por eso a Gu-cheon le costará bastante trabajo dar con él; al retener su inteligencia humana y su contenedor físico, rompe todas las reglas tradicionales de un exorcismo. Menos mal que nuestro protagonista no está solo: lo acompaña su Sinsu, un espíritu guardián que actúa como una «mascota feroz», protegiéndolo y recordándole su humanidad en el plano espiritual.
Como buena serie coreana, la trama te va engañando constantemente, y quienes crees que son «los malos» terminan siendo solo víctimas de conspiraciones y del trato despiadado de una monarquía abusiva, tal como suele retratarse a la dinastía Joseon, donde las líneas de sucesión eran inquebrantables y los nobles cometían los crímenes más atroces por mantener la pureza de las castas. En ese tablero político, la Reina Viuda es otro de los grandes hallazgos del elenco: no necesita alzar la voz para resultar amenazante, su sola presencia en escena impone un peso casi tan temible como el de los propios demonios.

Ritmo que no da tregua
Muchas series coreanas del género tardan capítulos enteros en establecer su mundo antes de que ocurra algo relevante. Acá no: desde el primer episodio quedan claras las reglas del juego y hacia el segundo episodio ya es difícil despegarse de la pantalla. Ese pulso narrativo, sostenido de principio a fin, es una de las razones por las que los ocho episodios se sienten devorables en un solo fin de semana.
Ahora, sin ánimo de spoilers groseros, debo destacar el impactante cierre de la serie. Mi visión para una posible segunda temporada gira en torno al Super-Gwi, ese ser supremo que termina ayudando a los protagonistas con su inmenso poder desde el inframundo. Para mí, los guionistas nos dejaron el gancho perfecto: ese nivel de poder, aislado en la oscuridad, es la receta ideal para convertirse en el nuevo y definitivo antagonista de la secuela.
En resumen, una serie con una fotografía impecable, acción oscura, excelentes secuencias de acción, peleas sublimes y un folclore riquísimo. Se logró un muy buen uso de los efectos especiales: sabemos perfectamente cuándo estamos en el inframundo y cuándo no. Yo le doy toda mi energía Yan, como diría Gu-cheon.
¿Creen que el Super-Gwi será el villano de la segunda temporada o se mantendrá como un aliado oscuro? Sin duda, un imperdible de fin de semana: Netflix libera los ocho episodios de una sola vez, y será imposible dejar de verlos hasta descubrir quién está amenazando al Rey y a su descendencia.

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- Título Original: Donggung / The East Palace
- Director: Jung Kyu Choi
- País: Corea del Sur
- Año: 2026
- Género: Fantasia, Acción, Terror, Sobrenatural
- Duración: Entre 46 y 59 minutos por capítulo
- Con: Nam Joo-hyuk, Roh Yoon-seo, Cho Seung-woo, Park Su-yeon, Jang Young-nam, Chloe Park, Liz Burnette
- Guión: So-ra Kwon, Jae Won Seo
- Producción: Imaginus
- Fecha de estreno: 17 de julio, 2026
- Web: Ver Acá
- Plataforma: Netflix







